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La innovación últimamente está en boca de todos. Simplemente el uso del término “innovación” parece tener connotaciones beneficiosas para las organizaciones. Sin embargo, la pregunta más importante que podemos hacer a una empresa es para qué quiere innovar. Normalmente, ante esta pregunta, un alto porcentaje de empresas contestarán con los porqués de la innovación, es decir, aquellas razones que les han llevado a tomar la decisión de innovar. Estas son de los más variadas, y entre ellas podemos encontrar buenos porqués como la caída de las ventas, el descenso de la rentabilidad, el auge de la competencia, un cambio de legislación o incluso excusas interesantes como que hay que probar cosas nuevas.

La visión anterior responde a una estrategia reactiva a los cambios que se producen en el entorno y a la necesidad de la empresa de responder ante ellos. Si las cosas cambian pero no me afectan, yo sigo igual, pero si empiezan a afectarme de manera relevante, entonces me preocupo y actúo, ahora bien, normalmente para defenderme de lo que está ocurriendo.

El para qué innovamos es una pregunta que tiene una fácil respuesta, innovamos para ser más competitivos, es decir para sostener, aumentar o crear ventajas competitivas que nos permitan ser más rentables en el mercado. Esto que parece obvio, no es tan fácil de entender por muchas empresas, que ven la innovación simplemente como una mejora de lo que ya están haciendo. Si la innovación nos permite ser más competitivos, necesariamente nos ha de ayudar o bien a reducir nuestros costes o bien a diferenciarnos de los productos y servicios de la competencia, es decir, nuestros clientes van a adquirir nuestros productos bien porque obtienen el mismo valor que en la competencia pero a un menor precio, o bien porque obtienen un plus de valor en comparación con los productos de la competencia, valor este superior a la diferencia de precio que tienen que asumir. Dicho de otra manera, innovamos para ser más eficientes o para diferenciarnos, bien sea a través de nuevas funcionalidades, la obtención de una calidad superior o bien mediante el desarrollo de relaciones diferenciales con los clientes.

Si analizamos, según el Manual de Oslo, los distintos tipos de innovaciones que podemos introducir: producto, proceso, marketing y organización, cada una de ellas deberá por tanto ir orientada a la construcción, mejora o asentamiento de nuestras ventajas competitivas. Por ejemplo, cuando lanzamos nuevos productos al mercado el objetivo principal es conseguir una diferenciación en el mismo. Ahora bien, la diferenciación va a depender del grado de novedad del producto, según éste sea nuevo solamente para la empresa que lo introduce, para el mercado o bien a nivel global. También puede ocurrir que hagamos innovaciones de productos a través de la introducción de mejoras sustanciales en los productos existentes, es decir cuando incorporamos nuevas funcionalidades, materiales, componentes o software que hace que el producto se diferencie del anterior y mejore su rendimiento. En este caso, el objetivo de la innovación sigue siendo la diferenciación con los productos de la competencia. Ahora bien, también se puede dar el caso de que la innovación en producto nos lleve también a una mayor eficiencia, por ejemplo con la utilización de nuevos materiales que hagan más atractivo el producto pero que a la vez supongan un menor coste de producción del mismo. En este sentido, hay que decir que las estrategias de diferenciación no solo se consiguen con una política innovadora de productos, sino que tiene que ir acompañada por otras políticas funcionales como son las de marketing, personas, financiación, etc.

Otra de las innovaciones que podemos introducir son las que afectan a los procesos de producción y métodos de provisión del producto o prestación del servicio de la empresa. En este caso, el objetivo principal de este tipo de innovaciones es el de la mejora de la eficiencia en los procesos empresariales, es decir, conseguir producir o distribuir a un menor coste unitario consiguiendo una mejora de la rentabilidad. En este caso también podemos encontrarnos con que la innovación en los procesos nos puede ayudar en nuestra estrategia de diferenciación, por ejemplo cuando los nuevos procesos nos permiten una mayor flexibilidad en la personalización del producto para el cliente o cuando los sistemas de provisión del producto son un hecho de diferenciación en ese mercado, por ejemplo pensemos en las entregas de compras de comercio electrónico con la utilización de drones, tema que está ahora tan de moda y que tanto ocupa a empresas como Amazon.

Cuando analizamos las innovaciones de marketing, estas responden a los cambios en el diseño y en el packaging, el posicionamiento del producto, a los canales de venta, a los sistemas de promoción del producto o a sus sistemas de tarificación. En casi todos los casos, las innovaciones de marketing consiguen una diferenciación de nuestros productos y servicios con el objetivo último de incrementar sus ventas, ahora bien, puede ser que una innovación en el packaging o en el canal de venta reduzca también sustancialmente los costes y consigamos además mejorar la eficiencia.

Por último nos quedan las innovaciones organizativas, las cuales están centradas en cambios en las prácticas, en el lugar de trabajo o bien en las relaciones externas de la empresa. Todas ellas van orientadas principalmente a la reducción de costes y a la mejora de la eficiencia de las rutinas administrativas mejorando por tanto la eficiencia de la empresa.

Hemos de ser conscientes de que nuestra política de innovación ha de estar imbricada en la estrategia general de la empresa. Innovamos para hacer más fuertes nuestras ventajas competitivas, las cuales nos llevan a diferenciarnos de la competencia, a ser más eficientes o a desarrollar relaciones diferenciales con nuestros clientes. 
¿Cuáles son los para qué principales en la política de innovación de tu organización? ¿Cómo cuadra la innovación con la estrategia de la empresa? ¿Tienes claras cuales son tus ventajas competitivas?